Entre la playa y la valla de seguridad

Entre la playa y la valla de seguridad
Ian Alan Paul
18 de octubre, 2023

[publicado originalmente en Ill Will Editions: https://illwill.com/the-sea-and-the-security-fence ]

A través del fragmentado collage de arquitecturas y ruinas de Gaza, la abstracción de la vida rivaliza con la vida misma. Subsumidas por tecnologías sociales que cubren y codifican densamente el territorio sin pausa, las vidas son representadas y reconocidas de forma tan exhaustiva como este o aquel tipo de vida que lo más fácil del mundo es olvidar que en realidad algo continúa viviendo debajo de las densas olas de identificación y clasificación. Refugiado, militante, civil, rehén, prisionero, soldado y víctima: estas son las coordenadas abstractas que posicionan las vidas en varias estrategias militares, maniobras políticas y programas económicos, formas particulares de identidad que están, cada una, emparejadas con sus propios matices e intensidades de violencia, códigos circulantes que establecen qué es una vida con cada vez más detalle, solo para establecer aún más lo que se le puede hacer. Vivir y morir como una abstracción: este es el destino impuesto a todos los que habitan el espacio entre la playa y la valla de seguridad.

La abstracción es real en la medida en que determina la forma de una vida y sus condiciones de vida, concediendo o negando el acceso a través de un puesto de control, suministrando y cortando el agua y la electricidad, proporcionando refugio momentáneo o pintándote una diana en la espalda. ¿Palestino o israelí? ¿Musulmán, cristiano o judío? ¿Hombre o mujer? ¿Ciudadano o refugiado? Qué tipos de vida pueden acaso ser vividos y qué tipos de muerte llegarán inevitablemente vienen a ser determinados por un cálculo abstracto que clasifica y ordena sobre la base de estos términos, reubicando y reorganizando jerarquías sexualizadas y racializadas de vidas, integrando cada identidad como una variable de una operación colonial unificada. Cada vida en Gaza está incesantemente asfixiada por todas las formas en que es representada y reconocida por las fuerzas que la dominan, por todas las formas en que la vida es subsumida y subordinada como una de muchas vidas codificadas y categorizadas, por todos los predicados que facilitan la abstracción de la vida y, al hacerlo, facilitan su continua subyugación y erradicación.

Cuando los observadores internacionales exigen que se ponga fin a las matanzas indiscriminadas, lo que no logran comprender es que las matanzas se vuelven cada vez más discriminadas y específicas, siempre más individualizadas e informadas, pero eso no las hace menos devastadoras o totales. Cuando los soldados israelíes se preparan para erradicarla vida de grandes zonas de Gaza, lo hacen con datos que señalan la ubicación de los teléfonos móviles de aquellos que han decidido quedarse y resistir las órdenes de evacuación del ejército, agregando resolución y ayudando a refinar su destrucción planificada. Los drones zumban persistentemente en lo alto, vigilando a las familias que huyen amontonarse en las plataformas de los camiones para ayudar a los generales a optimizar sus bombardeos. Se corta el agua y se reducen o se detienen los cargamentos de alimentos y medicinas, todo ello mientras los burócratas israelíes cuentan las calorías consumidas por la población encarcelada. Es probable que Israel sepa más sobre quién está aniquilando que cualquier otro régimen de la historia, un conocimiento que ni siquiera detiene parcialmente sino que solo aumenta la violencia. Cuanto más se abstrae cada vida dentro de la situación colonial, cuanto más se captura, calcula y circula cada vida como este o aquel tipo de vida palestina, más aguda puede llegar a ser la matanza. Dentro de la armadura colonial, la abstracción de la vida no es ni inmaterial ni indiscriminada, sino que está diseñada para mejorar tácticamente la dominación de la vida: la intensificación de su control sobre la información y las identidades es solo el preludio de la intensificación del control sobre territorios y cuerpos.

Mientras avalanchas periódicas de bombas rompen ventanas y hacen estallar barrios en pedazos, las vidas que se refugian en esta casa o ese hospital pueden preguntarse si sus muertes serán contabilizadas como una baja civil vagamente desafortunada o un terrorista neutralizado con éxito, si serán recopiladas como un punto de datos para una simulación de combate de un comandante militar o como otra entrada en una hoja de cálculo de Naciones Unidas, si serán conmemoradas como mártires en la pancarta de un partido político o como una entrada online para ser leída rápidamente. O, caminando por la calle en busca de alimentos cada vez más escasos en medio del bloqueo circundante, los pensamientos de esas mismas vidas podrían vagar hacia los satélites que rastrean cada uno de sus movimientos desde órbita baja para preparar la inminente invasión terrestre, o quizás hacia los drones que transmiten imágenes de multitudes con la esperanza de hacer coincidir rostros con perfiles biométricos en bases de datos militares, preguntándose si simplemente serán vigilados como otro detalle insignificante del terreno hostil o serán objetivo para su eliminación del mapa. Mientras se disparan misiles para detonar lo que justo acaba de ser abstraído, las familias deciden si deben refugiarse juntas en una sola habitación para al menos poder morir juntas, o si deben distribuirse entre varios edificios para que al menos una parte de la familia pueda sobrevivir y seguir viviendo. El filo abstracto del apartheid israelí da forma a la vida solo para que estas puedan ser expuestas a regímenes de muerte cada vez más numerosos, documentando para desposeer mejor, clasificando para dejar morir de hambre mejor, representando para llevar mejor a la ruina.

Es sobre la base de la abstracción de la vida que las vidas pueden ser sustituidas tan despreocupadamente y sin ningún esfuerzo por listas de sus predicados, a través de los cuales una vida puede ser calculada, contemplada y potencialmente sacrificada como si fuera simplemente un conjunto de sus propiedades discretas y descritas. Las acumulaciones concatenadas de documentos de identidad, expedientes policiales, bases de datos de población y permisos gubernamentales dan forma al terreno dentro del cual se vive la vida, cambiando los contornos de dónde una vida puede y no puede estudiar y moverse y comprar y construir y trabajar, así como de a qué asistencia médica y alimentos y agua una vida puede tener acceso o no. Si bien la vida y la muerte pueden eludir cualquier definición total o final — ser testigo del nacimiento o la muerte de una vida a menudo nos deja sin palabras, mudos — su abstracción, sin embargo, prepara el terreno para que incluso las formas más extremas de devastación puedan salir con fluidez de lenguas recién entumecidas y lubricadas: “se ha ordenado huir a un millón de habitantes de Gaza”, “los barrios que albergan a Hamás serán arrasados”, “todos los que se quedan son responsables y deben pagar un precio”. ¿Qué es el genocidio sino el momento en que una abstracción finalmente asfixia todo lo que envuelve y abarca, finalmente exprime toda la vida de aquello que tan definitivamente cataloga y circunscribe? Ningún genocidio avanza sin sus propios códigos y clases de vida, sin actuar para erradicar precisamente lo que abstrae.

Hablar de guerra y paz en Palestina es simplemente decir los nombres de dos modalidades de un proceso abstracto unificado, una que causa la muerte abruptamente y otra que causa la muerte de manera procedimental, mesurada, proporcionada. Bombardeos aéreos y detenciones arbitrarias, puestos de control fronterizos y bloqueos económicos, detenciones indefinidas y asesinatos selectivos, buldócers y lluvia de gases lacrimógenos: estas son solo las tecnologías más obvias y ampliamente documentadas que asfixian cada vez más a lo que aún lucha por vivir. En cada caso, lo abstracto sirve para optimizar y racionalizar toda la violencia que circula inexorablemente, para clasificar la vida para calcular y completar mejor su destrucción, para dar forma a una guerra y una paz que solo prometen aniquilarte a diferentes velocidades.

Mientras la cacofonía diversa de la experiencia vivida se abstrae dentro de las coordenadas de esta o aquella historia étnica o religiosa, este o aquel partido o facción política, este o aquel trauma histórico o reivindicación ancestral — abstracciones que luego determinan las condiciones de supervivencia en las cuales vive una vida — no es de extrañar que las vidas puedan llegar a identificarse totalmente con su abstracción, a ver su abstracción como a sí mismas. En cierto sentido, se trata de un hecho profundamente pragmático, en el sentido de que la lucha por la supervivencia se ha imbricado con la representación de los supervivientes, a través de la cual las vidas viven en las cada vez más estrechas avenidas de la existencia que mantienen abiertas aquellos que dicen representarlas. Hamás en Gaza y la Autoridad Palestina en Cisjordania están ambos satisfechos con ser los administradores subcontratados de este régimen colonial abstracto, trabajando tanto para representar rígidamente y proveer precariamente a los palestinos como para vigilar las vidas palestinas y reprimir todo lo que comprometa su monopolio abstracto. Si bien Hamás promete destruir a Israel y la Autoridad Palestina promete cooperar con él, los dos funcionan como extensiones complementarias de la abstracción de la ocupación: uno representando vidas hostiles que deben ser exterminadas y el otro representando vidas pacificadas que deben ser expulsadas.

La identificación de la vida con su abstracción también es política, pues verse a uno mismo como palestino es comprender que compartes una historia común con otros palestinos, que tienes una tradición compartida de supervivencia y lucha porque todos habéis sido sujetos a un proceso compartido de desposesión y dominación. Las abstracciones que fluyen espesamente a través de Palestina no se graban simplemente sobre la vida en este sentido, sino que también emergen como formas hacia las que las vidas se sienten atraídas y en las que se ven implicadas. Al tomar forma subjetivamente en varias identidades y nacionalismos, la abstracción de Palestina no funciona simplemente como un modo de represión, sino también como experiencia vivida y contexto social en que personas que han sido subyugadas juntas buscan métodos para sobrevivir y rebelarse juntas. Estas luchas siempre prenden desde dentro de la abstracción colonial, pero lo que sigue siendo decisivo es si se orientan hacia preservar y tal vez asegurar un ápice de soberanía sobre su existencia abstracta, o si aspiran a reventarla de una vez por todas. En Palestina y en toda su diáspora, hay los que permanecen indeterminados por todas las maneras que han sido representados y reconocidos, quienes se buscan unos a otros en los restos y ruinas de su pasado compartido y quienes luchan por una Palestina liberada de su abstracción colonial.

¿Qué es esta Palestina que podría lograr escapar de su abstracción colonial, que podría llegar a incinerar lo que la representa y la identifica tan totalmente, que se niega a ser erradicada y se rebela contra lo que erradica? Una Palestina que se haya desprendido de su abstracción sería una menos preocupada por cualquier identidad particular y más formalizada como un movimiento creativo e insubordinado, menos organizada por lo que es y más por lo que puede hacer. Sería una Palestina que surja de aquellas formas de vida que solo pueden ser captadas como turbulencia y disonancia por aquellos que desearían controlar su forma e imponerles formas, aquellas formas de vida que se han vuelto autónomas y libres en la medida en que pueden jugar con su forma como se juega con las olas de una playa. Estas formas de vida viven como multiplicidades, como conjuntos y como parte de conjuntos sin necesidad alguna de unidad, como vidas que viven en oposición no a otras formas de vida codificadas sino más bien en oposición a su destrucción y determinación abstractas. Viven una forma de poiesis que puede describirse tal como Aimé Césaire describe la poesía: como un descenso dentro de uno mismo, pero también como una explosión. Lo que nos queda no es este o aquel tipo de vida, sino más bien una vida que rompe cualquier contenedor en el que se la intente encerrar.

La insurrección contra la abstracción no implica la desaparición de Palestina, sino más bien la desaparición del mundo colonial que ha funcionado solo para capturar y constreñir, para separar y contraer. Una Palestina cartografiada y escaneada de forma cada vez más exacta por fuerzas coloniales, una Palestina que emerge simplemente como un archivo cumulativo de sus atributos discretos y propiedades abstractas, es una Palestina que existe solo como la sombra de lo que la domina y codifica, como la simetría invertida de su ocupación. El fin de la colonia en este sentido implica no solo el fin del colonizador sino también del colonizado, aboliendo la abstracción colonial como medio para abolir la colonia y su determinación. Solo cuando Palestina sea capaz de lograr esta insurrección contra su abstracción, solo cuando escape de su existencia abstracta como el resto menguante de la expansión y dominación israelíes, seremos realmente capaces de empezar a aprender qué es y qué puede llegar a ser Palestina.

Aquí y ahora, incluso a la expectativa de la desolación militarizada que aguarda su despliegue total y aterrador en toda Palestina, sigue existiendo una revuelta efervescente de los que defienden la singularidad radical de la vida y atacan la abstracción colonial de la vida, quienes viven en formas de vida que son totalmente incongruentes e inconmensurables con los regímenes circundantes de violencia abstracta: los insurgentes de Gaza que atacan la valla y organizan la resistencia contra las fuerzas represivas de Hamás, los anarquistas dentro de Israel que rechazan el reclutamiento obligatorio y golpean con mazos el muro de separación, las familias de luto que no permiten que sus muertos sean usados como carne de cañón simbólica para la siguiente ronda de matanzas, los saboteadores que prenden fuego a las cámaras de vigilancia en Jerusalén Oriental y desmantelan puestos de control en Cisjordania, y los que desmantelan las particiones construidas alrededor de tantas identidades y se encuentran en cambio en una inmensa constelación de vidas.

Entre la playa y la valla de seguridad y el río y el mar quedan todas esas vidas que luchan junto a sus vecinos por futuros que se extienden en espiral a través de una multiplicidad resplandeciente y una diversidad irrepresentable de formas palestinas, libres de codificación e identificación, ya no determinadas por la abstracción colonial y la dominación de la vida. Todo depende de proliferar e intensificar y actuar en solidaridad con la fuerza de esas vidas que rechazan la dominación abstracta de la vida, que no basan su propia forma en la separación violenta y la erradicación incansable de formas, que amenazan con poner fin al mundo colonial para que posiblemente podamos vivir en otro.